martes, 16 de septiembre de 2025

El sentido de ser

MI SENTIDO DE SER se equidista de los convencionalismos que nos uniformizan. De esas normas dimanadas de lo aceptado o, en su caso, soportado por la costumbre de convivir con los demás; de esa pretensión socializada que establece un canon de lo que no soy. El arquetipo moralista que traza una raya entre lo aceptado y lo impropio. Solo pienso en primera persona. Sin otros aditamentos que, a modo de etiquetas o rótulos, simplifiquen la complejidad que me construye. Hablo del librepensamiento y la capacidad de obrar en consecuencia. Aunque este posicionamiento radique básicamente en el discernimiento del criterio que se tiene, acertado o errado, mas propio. Pensar es ser. Este ámbito privativo siempre estuvo amenazado. Aquí y ahora, no solo por el determinismo tecnológico que enfatiza una pretendida autosuficiencia del ser humano en los inicios de este nuevo milenio. La tecnología de índole doméstico nos observa y además reclama la atención de manera inmediata, con la página de vidrio iluminada. Un juego, a modo de agente doble, donde poco es lo que parece, según qué, cuándo y cómo.  También por la cada vez más omnipresencia del poder en aquella. Ese recurrente velar por el bienestar común con el que el planteamiento político de cualquier facción se erige en guarda y custodia. La sensación de no encajar, de haber perdido la pieza del rompecabezas que permanece incompleto, es mi mayor certidumbre. No me acomodo a esta treta más perfeccionada, a tenor de los tiempos, cuyo afán es convertirnos en masa. 




«Mojó la pluma en la tinta y luego dudó unos instantes. En los intestinos se le había producido un ruido que podía delatarle. El acto trascendental, decisivo, era marcar el papel. En una letra pequeña e inhábil escribió; 4 de abril de 1984. Se echó hacia atrás en la silla. Estaba absolutamente desconcertado. Lo primero que no sabía con certeza era si aquel era, de verdad, el año 1984 (...) Y se le ocurrió de pronto preguntarse: ¿Para qué estaba escribiendo él este diario? Para el futuro, para los que aún no habían nacido. Su mente se posó durante unos momentos en la fecha que había escrito en la cabecera y luego se le presentó, sobresaltándose terriblemente, la palabra neolingüística doblepensar». Por primera vez comprendió la magnitud de lo que se proponía hacer. Eric Arthur Blair, el verdadero nombre de George Orwel, es el autor de «1984» (1949), la que sería su última novela. En el engranaje psicológico de la novela del escritor inglés, mi atracción se centra en el diario con el que inaugura su pensamiento y objeción crítica. Ese acto de liberación lo es de afirmación de lo que se es. La palabra escrita queda para nominar a su autor, a su pensador y, por supuesto, al lector que la hace suya. En toda práctica literaria existe una obra de ingeniería. Ese salvar el vacío asentando el paso en la idea que construye el puente. La otra orilla es el vislumbre de la tierra promisoria. La anotación de Winston Smith fuga su conciencia hasta donde ningún poder le alcanza. Escribe con el trazo de la vida. Es decir, el insurgente acto de ser uno mismo.




Elias Canetti atraviesa aquel puente y durante más de treinta años el escritor búlgaro, cuya familia era de origen sefardí, dedica sus esfuerzos a la gestación de «Masa y poder» (1960). La extensa bibliografía de la obra es prueba evidente de la labor ingente que desarrolló. No cesó en su empeño de comprar libros, incluso en los momentos más críticos que vivió en Viena y Londres, para fundamentarla. «Nada teme el hombre más que ser tocado por lo desconocido. En todas partes el hombre elude el contacto con lo extraño. Aún cuando nos mezclamos con la gente en la calle, evitamos cualquier contacto físico. Si lo llegamos a hacer, es porque alguien nos ha caído en gracia. La rapidez con la que nos disculpamos cuando se produce un contacto físico involuntario, pone en evidencia esta aversión al contacto. Solamente inmerso en la masa puede liberarse el hombre de este temor a ser tocado. Es la única situación en la que ese temor se convierte en su contrario. Para ello es necesario la masa densa, en la que cada cuerpo se estrecha con el otro; densa también en su constitución cívica, pues dentro de ella no se presta atención a quién es el que se estrecha contra uno. En cuanto nos abandonamos a la masa, dejamos de temer su contacto. Llegados a esta situación ideal, todos somos iguales».

La disidencia no conlleva exclusivamente una exposición pública ni aleccionadora. Como en el caso de Winston Smith, las anotaciones en un diario íntimo constituyen el acto de rebeldía que le confiere su verdadera identidad. Aquella que diariamente falseaba en el Ministerio de la Verdad. La frase depositada por Julia en la chaqueta es la contraseña para concebir el plan, Te quiero. ¿Acaso no es el amor el vigilante de la humanidad contradictoria que palpita en nuestro interior?

Pedro Luis Ibáñez Lérida


1 comentario:

  1. Se asustarían si vivieran este presente y la necesidad de hacer visible el día a día en las redes sociales.

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