miércoles, 10 de septiembre de 2025

Andar, andar, andar...

ANDAR, ANDAR, ANDAR... Ir dejando atrás el paisaje y tener conciencia de ello, ajeno a los altavoces de la premura, aviene el alma. Cada paso sostenido en esa disposición nos desplaza, no solo en la distancia física. El pensamiento se acompasa y se convierte en  meditación.  Pareciera que el rompecabezas que bulle en nuestras mentes se aclarara y completara. A la par que andamos, el silencio interior descorre ese otro yo que nos habita. En el preludio de la obra titulada «Historia del silencio» (2019), del autor francés Alain Corbin, señala: «Hoy en día, es difícil que se guarde silencio, y ello impide oír la palabra interior que calma y apacigua. La sociedad nos conmina a someternos al ruido para formar así parte del todo, en lugar de mantenernos a la escucha de nosotros mismos. De este modo, se altera la estructura misma del individuo».



Tengo la sensación vital que al igual que ando, escribo. Es la decisión de emprender la partida y acometer su significado. Escritura y camino se entrelazan. Las huellas y la caligrafía aventuran la senda y la impronta de ser. En ambas el deseo avistado de llegar a ese allá que desconocemos. Los pasos solitarios al próximo cruce de caminos; las palabras, como fila de hormigas, portando el sustento de la soledad. Pasos y palabras, en silencio.

En el año 1977 cursaba octavo de Enseñanza General Básica (EGB). Una de las lecturas obligatorias era «Viaje a la Alcarria» (1952), de Camilo José Cela. Si bien fue publicada cuatro años antes en la «Revista de Occidente», con el antetítulo de «Las botas de siete leguas», reminiscencia del cuento «Pulgarcito» (1697), de Charles Perrault. El texto era puro. Concretamente la novena edición (1976). Indicando en su portada que se trataba de la versión definitiva. No era una adaptación. Tan usual hoy día y que evidencia la laxitud preponderante y el estado espumoso de la educación. Más que la crónica del viaje que desgrana el autor gallego, reposó en mis catorce años la descripción de ese primer impulso del caminante, aún de madrugada, en dirección a la estación de ferrocarril. «El viajero tiene su filosofía de andar, piensa que siempre, todo lo que surge, es lo mejor que puede acontecer. Se va mejor a pie, andando por el medio de la calle, oyendo cómo rebota sobre las casas el sonar de la clavazón del calzado. La casas tiene las ventanas cerradas y las persianas bajas. Detrás de los cristales -¡quién lo sabe!- duermen su maldición o su bienaventuranza los hombres y las mujeres de la ciudad. Hay casa que tienen todo el aire de alojar vecinos felices, y calles enteras de un mirar siniestro, con aspecto de cobijar hombres sin conciencia, comerciantes, prestamistas, alcahuetas, turbios jaques con el alma salpicada de sangre». En este tránsito rumia los versos de Antonio Machado, «(...)-Quisiera poder decir al volver, las verdades de apuño que se explican, como el río que marcha, por si solas. (...) quisiera poder repetir, con los ojos afables y el gesto como resignado, las sabias palabras de don Antonio: En todas partes he visto / caravanas de tristeza, / soberbios y melancólicos / borrachos de sombra negra, (...)».




Camino y escritura, silencios que viajan de paso en paso y de lectura en lectura, hacia otros destinos indefinidos y existenciales. «Eterna la Nada...», y, si así fuera, como señala el personaje de Max Estrella en la siempre rejuvenecedora y batiente obra teatral «Luces de bohemia» (1920), de Ramón María del Valle-Inclán, el silencio lo fue antes y lo será después de este intermedio que caminamos y escribimos. Mientras tanto, la infinitud del propósito en alcanzar el horizonte en el camino que se anda y en la palabra que se escribe. A sabiendas que el espejismo recrea en la lejanía la figuración verosímil de lo posible.

Pedro Luis Ibáñez Lérida

2 comentarios:

  1. Excelente como siempre, me encanta las lecturas escogidas. Te felicito 😃

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  2. Querido amigo: Agradecido por tu visita a Oripandó, 114. La selección de las lecturas corresponden a los lectores. Ellos protagonizan con su lectura de la palabra escrita la recreación del pensamiento, sin olvidar a la que fue primera, la oral. Recordemos la magnífica novela de Ray Bradbury, «Fahrenheit 451». La puerta queda entornada. Abrazos como un libro abierto entre las manos.

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