domingo, 5 de octubre de 2025

Tus manos en el caleidoscopio

«TUS MANOS EN EL CALEIDOSCOPIO» es el título de la serie de Cuadernillos que empiezo a editar junto al pintor José Luis Navarro. Desde hace unos años nuestra colaboración se difunde a través de guasap. Era una forma de contravenir el flujo de instantaneidad de este medio de comunicación, tan milagroso como alienante. Pensar que, como en el caso del correo electrónico, un mensaje atraviesa el mundo hasta alcanzar la antípoda, es realmente emocionante. Lo que no lo es tanto es la necesidad de respuesta y atención inmediata. Para nosotros es un río donde remansar su flujo impetuoso. La llamada de atención para la quietud y la espera.

En el prefacio señalamos que «En la virtud de lo incierto radica ese edén intangible donde la creación se merece a sí misma. En su búsqueda nos hallamos como expedicionarios hacia lo desconocido».

En el siguiente enlace podéis descargaros el Cuadernillo número 1 del proyecto «Tus manos en el caleidoscopio»:

 https://drive.google.com/file/d/1uhoX-Gq3Lyrd6pyH8rs9qdBfOrUs-XwZ/view


«...una piedra, una hoja, una puerta ignota; de una piedra, de una hoja, una puerta. Y de todas las caras olvidadas».

Tomo entre mis manos su calor. El pajarito se acurruca. Me recuerda al poema que, a pesar de abrir las manos para liberarlo, prefiere quedarse conmigo. Me alivia del olvido que prende la materia inflamable de las palabras que crean mundo para extraviarse.

«Desnudos y solos llegamos al desierto. En su oscuro seno, no conocimos el rostro de nuestra madre. Desde la prisión de su carne, vinimos  al prisión indecible e inexplicable de este mundo».

En mi soledad el pajarito -el poema- me lee. Y yo me siento leído. La piedra, la hoja y aquella puerta ignota quedan a mi abrigo. Con ellos me basta para describir esta nada circundante, No existen noticias de lo buscado. Los titulares son vanos ejercicios de reflexión importada. El cordón umbilical de mi madre es la liturgia que profeso.

«¿Quién de nosotros conoció a su hermano? ¿Quién de nosotros observó el corazón de su padre? ¿Quién de nosotros no estuvo siempre prisionero? ¿Quién de nosotros no será un extranjero solitario?».

He dejado en la ventana su sombra. El pajarito se ha desprendido de ella. Ya no está conmigo. El poema ha volado con el pico ardiente de las preguntas sobre las caras olvidadas que somos en este presidio. Pero el pajarito -el poema- ha regresado. Y con él la luz del cometa desprendido de su origen, como nosotros: el duelo por este quehacer que no cesa en cavar en la oscuridad.




Con la compañía de Thomas Wolfe, escritor estadounidense, y los tres primeros párrafos de su primera obra «El ángel que nos mira» (1952).

«El pajarito».

Témpera y acuarela. 29,7 x 42 cm

Obra pictórica de José Luis Navarro.

Pedro Luis Ibáñez Lérida.

martes, 23 de septiembre de 2025

Azuzaba al caballo

AZUZABA AL CABALLO con la animosidad ferviente de atravesar la pradera y llegar a la orilla del río. Le susurraba en el galope y acariciaba el cuello, apremiándole con dulzura. El niño se había convertido en un Juancaballo, como así lo llaman en Sierra Mágina -Jaén-. Espoleaba la cabalgadura tocándose la cadera con la mano derecha y agarrando las riendas invisibles con la izquierda, mientras corría tocado con un sombrero que se desplazaba a la espalda en el primer envite. Portaba cartuchera al cinto en la que enfundadas brillaban dos pistolas con reflejos argentarios, todo de plástico. El vaquero dejaba a su paso una polvareda que ascendía ligera como aquella que disfrutaba en las películas de canbois. Era la peculiar traducción popular del anglosajón cowboys. Todos nos entendíamos. Leíamos los nombres de los actores tal cual: g-a-r-y c-o-o-p-e-r. Las dos oes resonaban con el eco valeroso de «Solo ante el peligro» (1952). Ahora bien, en el caso de j-o-h-n w-a-y-n-e, la jota gutural contraía el carácter incansable e indomable de «Centauros del desierto» (1956). Las calles eran de terrizo, poco o nada compactado. Iba al trote, gustándose de su sombra, pero las más de las veces a galope tendido. En otras ocasiones, se simulaban tiroteos de esquina en esquina. Las gargantas ardían de disparos, ¡pam, pam...! ¡pam, pam...! Incluso para romper el compás de los tiros, de vez en vez, hacíamos que el chasquido del impacto tuviera sonoridad metálica, ¡Taing, taing...! Nadie se quería hacer el muerto y la ensalada de descargas tardaba en cesar. Aquellas habilidades infantiles nunca fueron sustento de violencia adulta. Más bien lo contrario. 




En el obligatorio servicio de armas, lo que llamábamos mili, cuando tocaba prácticas de tiro, cerraba los ojos y apretaba el gatillo al azar. El sargento de turno nunca supo quién era aquel avezado francotirador ciego cuyos impactos sumaban en el resto de dianas menos en la suya. Era mi personal forma de objeción y resistencia. Me alarmaba el grado absurdez y delirio que imperaba. En la armería existían dos fusiles encadenados. Cuando pregunté sobre aquella composición, me indicaron que permanecían arrestados desde hace mucho tiempo por causas desconocidas. Más tarde deduje que posiblemente fueran protagonistas de alguna escena con consecuencias nada deseables. Y pensé cómo las armas podían estar bajo la responsabilidad de cabezas tan poco juiciosas.




Cuando llovía las calles se convertían pequeños ríos y su huella líquida permanecía durante muchos días en forma de pequeñas lagunas, hasta que se secaban lentamente. Entonces nos convertíamos en pequeños alfareros. Metíamos las manos en el barro para extraer nuestra propia naturaleza. La tierra se reblandecía. Era el tiempo de jugar a la lima. La espiga con punta de lanza que se hundía en el interior del mango para el trabajo, se liberaba de este para el juego. De mano en mano se hundía en el suelo húmedo, donde se había trazado un rectángulo dividido en celdas numeradas donde que había que clavar el venablo de acero y recorrerlos a pie cojito. 

En el año 1962 Kirk Douglas interpretó la que consideraba su mejor película, Los valientes andan solos, dirigida por Arthur Miller en blanco y negro. Era una adaptación de la novela «The brave cowboy, de Edward Abbey, escritor y defensor del medio ambiente. El guion fue elaborado por Dalton Trumbo, represaliado por la caza de brujas en los Estados Unidos de América, consecuencia de la vigilancia indiscriminada de los ciudadanos, promovida por el senador republicano, Josep McCarthy. Aunque precedida, a finales del decenio de 1940 por el director del FBI, J. Edgard Hoover. En 1953 el dramaturgo Arthur Miller, estrena la obra teatral «Las brujas de Salem», recreación metafórica de aquel proceso inquisitorial.




Jack Burns es un vaquero perseguido por el determinismo social contemporáneo, que no entiende ni acepta los valores que este representa. La inquebrantable amistad con Paul Bondi, le conmina a dejarse arrestar para ayudarlo. Este ha sido encarcelado por asistir a inmigrantes ilegales. Su acto de nobleza desencadena una confrontación y persecución entre la libertad individual y la exigencia inmisericorde de la comunidad, representada por la ley y el orden, en atraparlo. Cuando tuve la oportunidad de verla, siendo adolescente, me golpeó en el mentón. Es un hombre que sostiene un mundo crepuscular a lomos de su caballo Güisqui, Qué mejor nombre para evocar su significado, agua de vida. Ambos son compañeros de destino. Los matices del blanco y negro intensifican la odisea de alcanzar, más allá de las montañas, el paisaje de la pradera sin alambradas, extendido hasta el infinito, del hogar a la intemperie, del café de hoguera, del confín insalvable, «Lejos de las leyes de los hombres / donde se diluye el horizonte», como así rezaba la canción de El último de la fila en 1986. 



Hoy, contemplado por el ojo del desencanto y con el rumor horrísono de la caracola de la barbarie resonando desde Gaza, y de tantos lugares del mundo desterrados de la información diaria, avivo el deseo de saltar sobre la montura y cabalgar. Como George Taylor, el astronauta de «El Planeta de los simios» (1968). Encarnado en la plenitud cinematográfica de Charlton Heston, antes de descabalgar y  maldecir por la desaparición del paraíso.

Pedro Luis Ibáñez Lérida


martes, 16 de septiembre de 2025

El sentido de ser

MI SENTIDO DE SER se equidista de los convencionalismos que nos uniformizan. De esas normas dimanadas de lo aceptado o, en su caso, soportado por la costumbre de convivir con los demás; de esa pretensión socializada que establece un canon de lo que no soy. El arquetipo moralista que traza una raya entre lo aceptado y lo impropio. Solo pienso en primera persona. Sin otros aditamentos que, a modo de etiquetas o rótulos, simplifiquen la complejidad que me construye. Hablo del librepensamiento y la capacidad de obrar en consecuencia. Aunque este posicionamiento radique básicamente en el discernimiento del criterio que se tiene, acertado o errado, mas propio. Pensar es ser. Este ámbito privativo siempre estuvo amenazado. Aquí y ahora, no solo por el determinismo tecnológico que enfatiza una pretendida autosuficiencia del ser humano en los inicios de este nuevo milenio. La tecnología de índole doméstico nos observa y además reclama la atención de manera inmediata, con la página de vidrio iluminada. Un juego, a modo de agente doble, donde poco es lo que parece, según qué, cuándo y cómo.  También por la cada vez más omnipresencia del poder en aquella. Ese recurrente velar por el bienestar común con el que el planteamiento político de cualquier facción se erige en guarda y custodia. La sensación de no encajar, de haber perdido la pieza del rompecabezas que permanece incompleto, es mi mayor certidumbre. No me acomodo a esta treta más perfeccionada, a tenor de los tiempos, cuyo afán es convertirnos en masa. 




«Mojó la pluma en la tinta y luego dudó unos instantes. En los intestinos se le había producido un ruido que podía delatarle. El acto trascendental, decisivo, era marcar el papel. En una letra pequeña e inhábil escribió; 4 de abril de 1984. Se echó hacia atrás en la silla. Estaba absolutamente desconcertado. Lo primero que no sabía con certeza era si aquel era, de verdad, el año 1984 (...) Y se le ocurrió de pronto preguntarse: ¿Para qué estaba escribiendo él este diario? Para el futuro, para los que aún no habían nacido. Su mente se posó durante unos momentos en la fecha que había escrito en la cabecera y luego se le presentó, sobresaltándose terriblemente, la palabra neolingüística doblepensar». Por primera vez comprendió la magnitud de lo que se proponía hacer. Eric Arthur Blair, el verdadero nombre de George Orwel, es el autor de «1984» (1949), la que sería su última novela. En el engranaje psicológico de la novela del escritor inglés, mi atracción se centra en el diario con el que inaugura su pensamiento y objeción crítica. Ese acto de liberación lo es de afirmación de lo que se es. La palabra escrita queda para nominar a su autor, a su pensador y, por supuesto, al lector que la hace suya. En toda práctica literaria existe una obra de ingeniería. Ese salvar el vacío asentando el paso en la idea que construye el puente. La otra orilla es el vislumbre de la tierra promisoria. La anotación de Winston Smith fuga su conciencia hasta donde ningún poder le alcanza. Escribe con el trazo de la vida. Es decir, el insurgente acto de ser uno mismo.




Elias Canetti atraviesa aquel puente y durante más de treinta años el escritor búlgaro, cuya familia era de origen sefardí, dedica sus esfuerzos a la gestación de «Masa y poder» (1960). La extensa bibliografía de la obra es prueba evidente de la labor ingente que desarrolló. No cesó en su empeño de comprar libros, incluso en los momentos más críticos que vivió en Viena y Londres, para fundamentarla. «Nada teme el hombre más que ser tocado por lo desconocido. En todas partes el hombre elude el contacto con lo extraño. Aún cuando nos mezclamos con la gente en la calle, evitamos cualquier contacto físico. Si lo llegamos a hacer, es porque alguien nos ha caído en gracia. La rapidez con la que nos disculpamos cuando se produce un contacto físico involuntario, pone en evidencia esta aversión al contacto. Solamente inmerso en la masa puede liberarse el hombre de este temor a ser tocado. Es la única situación en la que ese temor se convierte en su contrario. Para ello es necesario la masa densa, en la que cada cuerpo se estrecha con el otro; densa también en su constitución cívica, pues dentro de ella no se presta atención a quién es el que se estrecha contra uno. En cuanto nos abandonamos a la masa, dejamos de temer su contacto. Llegados a esta situación ideal, todos somos iguales».

La disidencia no conlleva exclusivamente una exposición pública ni aleccionadora. Como en el caso de Winston Smith, las anotaciones en un diario íntimo constituyen el acto de rebeldía que le confiere su verdadera identidad. Aquella que diariamente falseaba en el Ministerio de la Verdad. La frase depositada por Julia en la chaqueta es la contraseña para concebir el plan, Te quiero. ¿Acaso no es el amor el vigilante de la humanidad contradictoria que palpita en nuestro interior?

Pedro Luis Ibáñez Lérida


miércoles, 10 de septiembre de 2025

Andar, andar, andar...

ANDAR, ANDAR, ANDAR... Ir dejando atrás el paisaje y tener conciencia de ello, ajeno a los altavoces de la premura, aviene el alma. Cada paso sostenido en esa disposición nos desplaza, no solo en la distancia física. El pensamiento se acompasa y se convierte en  meditación.  Pareciera que el rompecabezas que bulle en nuestras mentes se aclarara y completara. A la par que andamos, el silencio interior descorre ese otro yo que nos habita. En el preludio de la obra titulada «Historia del silencio» (2019), del autor francés Alain Corbin, señala: «Hoy en día, es difícil que se guarde silencio, y ello impide oír la palabra interior que calma y apacigua. La sociedad nos conmina a someternos al ruido para formar así parte del todo, en lugar de mantenernos a la escucha de nosotros mismos. De este modo, se altera la estructura misma del individuo».



Tengo la sensación vital que al igual que ando, escribo. Es la decisión de emprender la partida y acometer su significado. Escritura y camino se entrelazan. Las huellas y la caligrafía aventuran la senda y la impronta de ser. En ambas el deseo avistado de llegar a ese allá que desconocemos. Los pasos solitarios al próximo cruce de caminos; las palabras, como fila de hormigas, portando el sustento de la soledad. Pasos y palabras, en silencio.

En el año 1977 cursaba octavo de Enseñanza General Básica (EGB). Una de las lecturas obligatorias era «Viaje a la Alcarria» (1952), de Camilo José Cela. Si bien fue publicada cuatro años antes en la «Revista de Occidente», con el antetítulo de «Las botas de siete leguas», reminiscencia del cuento «Pulgarcito» (1697), de Charles Perrault. El texto era puro. Concretamente la novena edición (1976). Indicando en su portada que se trataba de la versión definitiva. No era una adaptación. Tan usual hoy día y que evidencia la laxitud preponderante y el estado espumoso de la educación. Más que la crónica del viaje que desgrana el autor gallego, reposó en mis catorce años la descripción de ese primer impulso del caminante, aún de madrugada, en dirección a la estación de ferrocarril. «El viajero tiene su filosofía de andar, piensa que siempre, todo lo que surge, es lo mejor que puede acontecer. Se va mejor a pie, andando por el medio de la calle, oyendo cómo rebota sobre las casas el sonar de la clavazón del calzado. La casas tiene las ventanas cerradas y las persianas bajas. Detrás de los cristales -¡quién lo sabe!- duermen su maldición o su bienaventuranza los hombres y las mujeres de la ciudad. Hay casa que tienen todo el aire de alojar vecinos felices, y calles enteras de un mirar siniestro, con aspecto de cobijar hombres sin conciencia, comerciantes, prestamistas, alcahuetas, turbios jaques con el alma salpicada de sangre». En este tránsito rumia los versos de Antonio Machado, «(...)-Quisiera poder decir al volver, las verdades de apuño que se explican, como el río que marcha, por si solas. (...) quisiera poder repetir, con los ojos afables y el gesto como resignado, las sabias palabras de don Antonio: En todas partes he visto / caravanas de tristeza, / soberbios y melancólicos / borrachos de sombra negra, (...)».




Camino y escritura, silencios que viajan de paso en paso y de lectura en lectura, hacia otros destinos indefinidos y existenciales. «Eterna la Nada...», y, si así fuera, como señala el personaje de Max Estrella en la siempre rejuvenecedora y batiente obra teatral «Luces de bohemia» (1920), de Ramón María del Valle-Inclán, el silencio lo fue antes y lo será después de este intermedio que caminamos y escribimos. Mientras tanto, la infinitud del propósito en alcanzar el horizonte en el camino que se anda y en la palabra que se escribe. A sabiendas que el espejismo recrea en la lejanía la figuración verosímil de lo posible.

Pedro Luis Ibáñez Lérida

domingo, 7 de septiembre de 2025

De aquel primer regreso

DE AQUEL PRIMER REGRESO, contenido el aliento, la sensación no fue otra que saberme en lo indecible. Quizá esta sea la motivación de mi escritura. Ese ámbito mudo que me acompaña, desde entonces, al retornar de la incursión en los limites de la realidad y la fabulación. Las más de las veces no se distinguen y convivo con ellas como hermanos siameses. Es decir, la literatura y la vida como separación incompleta de un embrión. El niño ágrafo ya escribía con la mirada melancólica cuando rescataba para sí el vuelo de las golondrinas, apoyado en el alféizar de la ventana. En primavera cubrían con sus magníficos lances, el cielo del barrio del Tardón, allá en la Triana profunda. Eran cientos trisando en el aire el canto desatado de su vitalidad viajera. Junto a mi hermano, a escondidas de mi madre, tomábamos  algodón del pequeño mueble del cuarto de baño donde se encontraba el alcohol y la mercromina, que llamábamos «colorao». Y se me pasaban por la cabeza aquellos nombres de telas que le oía decir entre el traqueteo ferroviario de la máquina de coser o hilvanando a mano, con esa gracia silenciosa y acompasada, al penetrar la aguja y hacer correr el hilo: popelín, sarga o percal. Pellizcábamos su forma ondulada, abríamos las manos y liberábamos el presente para nuestras golondrinas. En un abrir y cerrar de ojos estas lo tomaban en el pico. Las perseguíamos con la mirada hasta que se ocultaban en sus nidos, apegados  a las cornisas de los bloques de  viviendas de cuatro alturas. Era de buen augurio la cercanía de un nido de golondrinas. Año tras año fueron menguando su número. Ahora se permiten destruir su hogar forjado con puntada de barro por esas pretendidas y necias molestias que se sacuden con brutalidad. A veces cierro los ojos y escucho la resonancia de esos recuerdos lejanos, ávido de que sean realidad al abrirlos. Entre ellos el tintineo de cascabelitos sobrevolando mi cabeza, como en aquel entonces. 

En el año 1888 el autor irlandés Oscar Wilde publicaba «El príncipe feliz y otros cuentos». Sumaban hasta cinco: El ruiseñor y la rosa, El gigante egoísta, El amigo fiel y El famoso cohete. El que da titulo a la obra, tenía como protagonistas a una estatua y a una golondrina. La materia inerte y la viva se alían y enamoran con un compromiso inquebrantable ante la miseria de la ciudad que contemplan. Aquel desde las alturas del pedestal donde se encuentra y ella como emisaria de su desprendimiento. La exhortación de la estatua, engalanada de piedras preciosas, es tan sentida: «Golondrina, golondrina, golondrinita, ¿no te quedarás conmigo una noche y serás mi mensajera? ¡Tiene tanta sed el niño y tanta tristeza la madre!» Y a pesar de la inminente llegada del invierno, la golondrina atiende las peticiones del príncipe para que en su pico lleve la fortuna y la alegría a quienes las necesitan. La magistral sencillez del autor de «De profundis», invoca a la fortaleza del lazo anudado de la bondad y el amor. 




¡Ah, Guido di Pietro da Mugello y tu excelsa golondrina enmarcando el designio divino...! Han transcurrido seiscientos años sin levantar el vuelo, con la fidelidad que tú quisiste y la belleza enmarcada desde la expulsión del edén a la recreación de un hombre nuevo y salvador del mundo. Los espacios y las perspectivas son un juego lúdico para las miradas. Las alas de los ángeles portadores del desahucio, también de la buena nueva, del Espíritu Santo con el haz de luz, y la avecilla con su quietud conmovedora posada en uno de los tirantes. El pintor florentino que primero fue iluminador de misales antes de su conversión como dominico, completa con la gama de colores la armonía y el equilibrio de esta obra gótica-renacentista plena de minuciosidad. Imaginemos la sorpresa de Federico Madrazo cuando al visitar el convento de las Descalzas Reales de Madrid, se encontró con este ventanal al misterio. En 1862, dos años después de haber sido nombrado director del Museo del Prado, convence a las monjas de la cesión. Eso sí, solo a cambio de que él mismo realizara una copia.




En la retrospectiva de un mundo que se aleja de la escritura a mano y se empeña en empuñar la inteligencia artificial, el «ángel de la poesía», como así lo llamara su paisano Antonio Machado, hace de las golondrinas un canto de amor trascendido en el tiempo; «(...) Pero aquellas que el vuelo refrenaban / tu hermosura y mi dicha a contemplar, / aquellas que aprendieron nuestros nombres... / esas...¡no volverán...!» Gustavo Adolfo Bécquer posee el asomo de un jardín recóndito donde nuestros pasos suenan claros y rotundos. Las confesiones verdaderas lo son en soledad.

Pedro Luis Ibáñez Lérida

miércoles, 3 de septiembre de 2025

Cómo gravitaba

CÓMO GRAVITABA LA BLANCA NUBE EN EL CIELO. Cómo el sendero se deshacía en el sueño. Así me encontraba, persiguiendo el pensamiento que, dos pasos delante de mí, ardía inflamando el silencio. Y cómo sonaban las sienes, redoblando el latido del corazón, misionero de recuerdos. Apenas lo rozaba, se escapaba entre los dedos su hilatura de gasa desprendida. En la orilla del camino, bajo la sombra de la encina fortalecida en su soledad, tu memoria invitaba a aquietar el paso, dejar escapar el instante y sumirse en lo hondo de su misterio.

La obra pictórica de Francisco de Zurbarán, singulariza el arte barroco español con determinación deslumbrante. El misticismo y lo cotidiano se conjugan en el autor pacense, nacido en Fuente de Cantos (1598). Resplandece en el trazo psicológico de los personajes y dota a la materia inerte de matices sobrenaturales. El realismo sobresale del lienzo con la poética del devenir en estado presente. En la bellísima obra «Copa de agua y rosa en un plato de plata» (1630-1365) se trasluce todo su imaginario conceptual y estilístico, produciendo en el espectador el silencio mágico que acontece ante sus ojos. Los tres elementos aparentemente estáticos tiemblan en los reflejos de viveza matizada. 

                                 

«De paso» (1975) es el título de la obra discográfica de Hilario Camacho que cumple cincuenta años. En él intervinieron el guitarrista y polifacético instrumentista Jean Pierre Torlois, el bajista Quique Santana, el percusionista Javier Estrella, el batería José Antonio Galicia, el teclista Jesús Pardo, y Jorge Pardo en flautas y saxofones.

La voz y guitarra del cantautor madrileño (1948) del barrio de Chamberí, es arrebatadora en claridad, vocalización y entonación. El acusado sentido del ritmo y la cadencia fructifica su interpretación. Entre las canciones de este disco, cuya portada es del pintor Octavio Colis, se encontraba la titulada «El agua en tus cabellos». La letra pertenece a la obra poética «Soledades. Galerías. Otros poemas» (1907), de Antonio Machado. Aunque publicado por primera vez en la revista «Helios», en 1904. con el título «Galerías». La poderosa y cautivadora simbología que encierra es un tránsito de lo material a lo evanescente, de lo onírico a la realidad. Esa otra sentimentalidad impregnada de conciencia en el rescate de lo esencial. La belleza es un canto de esperanza que acompaña a la dimensión y manifestación humana desde las pinturas rupestres a los grafitis. Ser conscientes, en suma, de la ceniza que somos, aventada por un soplo de aire.

Pedro Luis Ibáñez Lérida



 


sábado, 30 de agosto de 2025

La quietud y la espera

DE REPENTE, LA QUIETUD Y LA ESPERA me han asaltado. Ya venía barruntando, tiempo atrás, esta afirmación de tiempo nuevo en el devenir de los días, ausentes de sosiego y reposo. Detenerse es una forma de espera. También de declaración íntima: el tránsito, acentuado por el vértigo o la armonía, lo es en la medida que somos. En cada paso la distancia se aproxima o aleja, pero, al fin y al cabo es nuestro sino y la suma de la longitud invisible del camino emprendido. Ayer, hoy, mañana y la salvedad circunstancial de ser y estar en ellos. Nada más. 

En las anotaciones de este cuaderno celeste titulado Oriopandó, 114, subyace la evocación por lo vivido, leído, contemplado, reflexionado y amado. La belleza se erige en Puerta del Sol desde la que atisbar la luz renacida en el asomo de cada latido. Mas también en la loa a la memoria de los míos. Gitanos que vivieron en el corral de vecinos de la calle Sol de Sevilla, en aquel número. En caló oripandó significa sol o amanecer. De ahí este sustantivo entroncado a una de las quince puertas de la muralla almorávide que circundó a esta ciudad milenaria. Era el acceso más oriental, de ahí el aura heliopolitana que detentaba. 

Me acompañarán los libros y el arte en general. Si bien hago mío el pensamiento del autor inglés John Stuart Mill, extraído de un breve Diario, iniciado el 8 de enero de 1854 y finalizado el 15 de abril. La anotación corresponde al 21 de febrero, «Tan lejos están las obras de la naturaleza de ser superiores a las del arte, que cuando un delicado instrumento artificial -un reloj, por ejemplo- se estropea sin que sepamos por qué tenemos la sensación de que casi parece una pieza de la maquinaria de la naturaleza, un ser viviente». En ese tiempo la enfermedad pulmonar de su esposa y la suya propia con síntomas de tuberculosis, lo mantenía en un estado emocional de cierta inquietud y zozobra. Su propósito era fundamentalmente experimental. Como así lo declara en la breve introducción, comprobar «qué efecto se produce en la mente cuando uno se obliga por lo menos un pensamiento cada día, que merezca la pena ponerse por escrito».

Mi profundo agradecimiento a los lectores que abran el cuaderno e inviertan su precioso tiempo lector en esta sencilla escritura. También, y sobre todo, el reconocimiento a quienes la obvien. En la aventura lectora la selección va implícita como oficio noble. La audacia no se supone y todo buen lector tiene el compromiso irrenunciable e insobornable de ejercerla ante cualquier texto. Por más que la mercadotecnia editorial halla convertida la obra de arte -y el libro lo es- en mero objeto de consumo.

En el año 1983 Enrique Morente adapta en el disco «Cruz y Luna», acompañado de los guitarristas Enrique de Melchor y Paco Cortés,  poemas religiosos de autores cristianos e islámicos nacidos en la península ibérica. Entre ellos San Juan de la Cruz, poeta místico del siglo XVI. Junto a Santa Teresa de Jesús fundó la Orden de las Carmelitas Descalzos. El tango «Aunque es de noche» alcanza esa festiva meditación espiritual de la verdad derramada por la frescura y rumor de la fuente. El gozo de la claridad espera tras la senda oscura.

Pedro Luis Ibáñez Lérida




Tus manos en el caleidoscopio

« TUS MANOS EN EL CALEIDOSCOPIO »   es el título de la serie de Cuadernillos que empiezo a editar junto al pintor José Luis Navarro. Desde h...