DE AQUEL PRIMER REGRESO, contenido el aliento, la sensación no fue otra que saberme en lo indecible. Quizá esta sea la motivación de mi escritura. Ese ámbito mudo que me acompaña, desde entonces, al retornar de la incursión en los limites de la realidad y la fabulación. Las más de las veces no se distinguen y convivo con ellas como hermanos siameses. Es decir, la literatura y la vida como separación incompleta de un embrión. El niño ágrafo ya escribía con la mirada melancólica cuando rescataba para sí el vuelo de las golondrinas, apoyado en el alféizar de la ventana. En primavera cubrían con sus magníficos lances, el cielo del barrio del Tardón, allá en la Triana profunda. Eran cientos trisando en el aire el canto desatado de su vitalidad viajera. Junto a mi hermano, a escondidas de mi madre, tomábamos algodón del pequeño mueble del cuarto de baño donde se encontraba el alcohol y la mercromina, que llamábamos «colorao». Y se me pasaban por la cabeza aquellos nombres de telas que le oía decir entre el traqueteo ferroviario de la máquina de coser o hilvanando a mano, con esa gracia silenciosa y acompasada, al penetrar la aguja y hacer correr el hilo: popelín, sarga o percal. Pellizcábamos su forma ondulada, abríamos las manos y liberábamos el presente para nuestras golondrinas. En un abrir y cerrar de ojos estas lo tomaban en el pico. Las perseguíamos con la mirada hasta que se ocultaban en sus nidos, apegados a las cornisas de los bloques de viviendas de cuatro alturas. Era de buen augurio la cercanía de un nido de golondrinas. Año tras año fueron menguando su número. Ahora se permiten destruir su hogar forjado con puntada de barro por esas pretendidas y necias molestias que se sacuden con brutalidad. A veces cierro los ojos y escucho la resonancia de esos recuerdos lejanos, ávido de que sean realidad al abrirlos. Entre ellos el tintineo de cascabelitos sobrevolando mi cabeza, como en aquel entonces.
En el año 1888 el autor irlandés Oscar Wilde publicaba «El príncipe feliz y otros cuentos». Sumaban hasta cinco: El ruiseñor y la rosa, El gigante egoísta, El amigo fiel y El famoso cohete. El que da titulo a la obra, tenía como protagonistas a una estatua y a una golondrina. La materia inerte y la viva se alían y enamoran con un compromiso inquebrantable ante la miseria de la ciudad que contemplan. Aquel desde las alturas del pedestal donde se encuentra y ella como emisaria de su desprendimiento. La exhortación de la estatua, engalanada de piedras preciosas, es tan sentida: «Golondrina, golondrina, golondrinita, ¿no te quedarás conmigo una noche y serás mi mensajera? ¡Tiene tanta sed el niño y tanta tristeza la madre!» Y a pesar de la inminente llegada del invierno, la golondrina atiende las peticiones del príncipe para que en su pico lleve la fortuna y la alegría a quienes las necesitan. La magistral sencillez del autor de «De profundis», invoca a la fortaleza del lazo anudado de la bondad y el amor.
¡Ah, Guido di Pietro da Mugello y tu excelsa golondrina enmarcando el designio divino...! Han transcurrido seiscientos años sin levantar el vuelo, con la fidelidad que tú quisiste y la belleza enmarcada desde la expulsión del edén a la recreación de un hombre nuevo y salvador del mundo. Los espacios y las perspectivas son un juego lúdico para las miradas. Las alas de los ángeles portadores del desahucio, también de la buena nueva, del Espíritu Santo con el haz de luz, y la avecilla con su quietud conmovedora posada en uno de los tirantes. El pintor florentino que primero fue iluminador de misales antes de su conversión como dominico, completa con la gama de colores la armonía y el equilibrio de esta obra gótica-renacentista plena de minuciosidad. Imaginemos la sorpresa de Federico Madrazo cuando al visitar el convento de las Descalzas Reales de Madrid, se encontró con este ventanal al misterio. En 1862, dos años después de haber sido nombrado director del Museo del Prado, convence a las monjas de la cesión. Eso sí, solo a cambio de que él mismo realizara una copia.
En la retrospectiva de un mundo que se aleja de la escritura a mano y se empeña en empuñar la inteligencia artificial, el «ángel de la poesía», como así lo llamara su paisano Antonio Machado, hace de las golondrinas un canto de amor trascendido en el tiempo; «(...) Pero aquellas que el vuelo refrenaban / tu hermosura y mi dicha a contemplar, / aquellas que aprendieron nuestros nombres... / esas...¡no volverán...!» Gustavo Adolfo Bécquer posee el asomo de un jardín recóndito donde nuestros pasos suenan claros y rotundos. Las confesiones verdaderas lo son en soledad.
Pedro Luis Ibáñez Lérida

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La belleza tiene una paleta de colores sorprendentes. Aquí se despliega y la disfruto. Gracias.
ResponderEliminarQuerida amiga María José: Tu decir de acuarela irriga luz en el Cuaderno celeste de Oripandó, 114. Besos que albergan el afecto en la ausencia.
EliminarLas golondrinas no volverán lo que está aquí son estas maravillosas letras. Por siempre interesantes …
EliminarQuerido amigo: Agradecido por hacerme partícipe de su estancia en este Cuaderno celeste, que también es suyo. Su generosidad cómplice ahonda en mi emoción. En el deseo de sabernos cómplices de la belleza desde la conciencia.
EliminarExcelente escrito.
ResponderEliminarAgradecido por su asomo y su anotación en el Cuaderno celeste de Oripandó, 114. La puerta queda entreabierta. Será gustosa bienvenida. Pedro Luis Ibáñez Lérida.
EliminarExcelente pensamiento en defensa de las golondrinas, tan cercanas a nuestros sueños y nuestras infancias, y tan lejanas de nuestras vidas en este nuevo siglo sobre el que viajamos a ninguna parte. Bravo por tu atenta mirada y por tu resistencia a no perder los recuerdos.
ResponderEliminarBJ
ResponderEliminarQuerido amigo BJ: Las venturosas golondrinas remontan la necedad imperante para salvaguardar la hilatura de lo esencial. Muy agradecido por su reflexión en este Cuaderno celeste de dos rayas abierto entre las manos. La puerta queda entreabierta y la lámpara del salón encendida. Cuando guste.
EliminarMi querido amigo: Le pongo edad a estas palabras «en un mundo que se aleja de la escritura a mano y se empeña en empuñar la inteligencia artificial». ¿A quién queremos engañar? ¿Al analfabeto digital que clama y porfía por su libreta de ahorros contra el vacío del pago por tarjeta o frente al abandono del banco o caja que trae la España vacía o vaciada? ¡Larga vida a la vida, artificial o natural, que nos haga más sabios y más espabilados, menos ancianos y más nietos que nuestros nietos!
ResponderEliminarQuerido amigo: Agradecido por su anotación en el Cuaderno celeste Oripandó, 114. A nadie se engaña, salvo el que lo desee para sí mismo. El autoengaño es una versión de los hechos, de carácter personal e intransferible. Ágrafos o eruditos, pero conscientes. Recordemos la supercomputadora Hall 900 en «2001: Una odisea del espacio». La desconexión de sus circuitos cognoscitivos es solo la garantía que no piensan por nosotros. Pero realmente, ¿pensamos o replicamos…? La sabiduría no se alcanza por naturaleza o artificio. Sencillamente lo es en el convencimiento de su búsqueda práctica. Abrazos como un libro abierto entre las manos que lo escriben, abren sus páginas o las cierran para seguir pensando.
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