AZUZABA AL CABALLO con la animosidad ferviente de atravesar la pradera y llegar a la orilla del río. Le susurraba en el galope y acariciaba el cuello, apremiándole con dulzura. El niño se había convertido en un Juancaballo, como así lo llaman en Sierra Mágina -Jaén-. Espoleaba la cabalgadura tocándose la cadera con la mano derecha y agarrando las riendas invisibles con la izquierda, mientras corría tocado con un sombrero que se desplazaba a la espalda en el primer envite. Portaba cartuchera al cinto en la que enfundadas brillaban dos pistolas con reflejos argentarios, todo de plástico. El vaquero dejaba a su paso una polvareda que ascendía ligera como aquella que disfrutaba en las películas de canbois. Era la peculiar traducción popular del anglosajón cowboys. Todos nos entendíamos. Leíamos los nombres de los actores tal cual: g-a-r-y c-o-o-p-e-r. Las dos oes resonaban con el eco valeroso de «Solo ante el peligro» (1952). Ahora bien, en el caso de j-o-h-n w-a-y-n-e, la jota gutural contraía el carácter incansable e indomable de «Centauros del desierto» (1956). Las calles eran de terrizo, poco o nada compactado. Iba al trote, gustándose de su sombra, pero las más de las veces a galope tendido. En otras ocasiones, se simulaban tiroteos de esquina en esquina. Las gargantas ardían de disparos, ¡pam, pam...! ¡pam, pam...! Incluso para romper el compás de los tiros, de vez en vez, hacíamos que el chasquido del impacto tuviera sonoridad metálica, ¡Taing, taing...! Nadie se quería hacer el muerto y la ensalada de descargas tardaba en cesar. Aquellas habilidades infantiles nunca fueron sustento de violencia adulta. Más bien lo contrario.
En el obligatorio servicio de armas, lo que llamábamos mili, cuando tocaba prácticas de tiro, cerraba los ojos y apretaba el gatillo al azar. El sargento de turno nunca supo quién era aquel avezado francotirador ciego cuyos impactos sumaban en el resto de dianas menos en la suya. Era mi personal forma de objeción y resistencia. Me alarmaba el grado absurdez y delirio que imperaba. En la armería existían dos fusiles encadenados. Cuando pregunté sobre aquella composición, me indicaron que permanecían arrestados desde hace mucho tiempo por causas desconocidas. Más tarde deduje que posiblemente fueran protagonistas de alguna escena con consecuencias nada deseables. Y pensé cómo las armas podían estar bajo la responsabilidad de cabezas tan poco juiciosas.
Cuando llovía las calles se convertían pequeños ríos y su huella líquida permanecía durante muchos días en forma de pequeñas lagunas, hasta que se secaban lentamente. Entonces nos convertíamos en pequeños alfareros. Metíamos las manos en el barro para extraer nuestra propia naturaleza. La tierra se reblandecía. Era el tiempo de jugar a la lima. La espiga con punta de lanza que se hundía en el interior del mango para el trabajo, se liberaba de este para el juego. De mano en mano se hundía en el suelo húmedo, donde se había trazado un rectángulo dividido en celdas numeradas donde que había que clavar el venablo de acero y recorrerlos a pie cojito.
En el año 1962 Kirk Douglas interpretó la que consideraba su mejor película, Los valientes andan solos, dirigida por Arthur Miller en blanco y negro. Era una adaptación de la novela «The brave cowboy, de Edward Abbey, escritor y defensor del medio ambiente. El guion fue elaborado por Dalton Trumbo, represaliado por la caza de brujas en los Estados Unidos de América, consecuencia de la vigilancia indiscriminada de los ciudadanos, promovida por el senador republicano, Josep McCarthy. Aunque precedida, a finales del decenio de 1940 por el director del FBI, J. Edgard Hoover. En 1953 el dramaturgo Arthur Miller, estrena la obra teatral «Las brujas de Salem», recreación metafórica de aquel proceso inquisitorial.
Jack Burns es un vaquero perseguido por el determinismo social contemporáneo, que no entiende ni acepta los valores que este representa. La inquebrantable amistad con Paul Bondi, le conmina a dejarse arrestar para ayudarlo. Este ha sido encarcelado por asistir a inmigrantes ilegales. Su acto de nobleza desencadena una confrontación y persecución entre la libertad individual y la exigencia inmisericorde de la comunidad, representada por la ley y el orden, en atraparlo. Cuando tuve la oportunidad de verla, siendo adolescente, me golpeó en el mentón. Es un hombre que sostiene un mundo crepuscular a lomos de su caballo Güisqui, Qué mejor nombre para evocar su significado, agua de vida. Ambos son compañeros de destino. Los matices del blanco y negro intensifican la odisea de alcanzar, más allá de las montañas, el paisaje de la pradera sin alambradas, extendido hasta el infinito, del hogar a la intemperie, del café de hoguera, del confín insalvable, «Lejos de las leyes de los hombres / donde se diluye el horizonte», como así rezaba la canción de El último de la fila en 1986.
Hoy, contemplado por el ojo del desencanto y con el rumor horrísono de la caracola de la barbarie resonando desde Gaza, y de tantos lugares del mundo desterrados de la información diaria, avivo el deseo de saltar sobre la montura y cabalgar. Como George Taylor, el astronauta de «El Planeta de los simios» (1968). Encarnado en la plenitud cinematográfica de Charlton Heston, antes de descabalgar y maldecir por la desaparición del paraíso.
Pedro Luis Ibáñez Lérida

Magnífico.
ResponderEliminarQuerido amigo: Agradecido por tu anotación en el cuaderno celeste. Tu lectura la hace magnífica, en atención al protagonismo del tiempo preciado y precioso con el que la enriqueces.
EliminarQue facilidad de palabra y que memoria.
ResponderEliminarYo jugué a la lima!!!
Querida amiga Lola: Cómo se hundía en la tierra la punta de la lima. Pareciera que ahora hurgará en el corazón de aquel niño que fuimos. Agradecido por dejar tu anotación en el cuaderno celeste. Besos de azahar.
EliminarQué tiempos aquellos de la niñez donde tanto la fantasía como la ingenuidad eran casi infinitas. Donde con cualquier pequeño elemento creábamos una lanzadera para surcar el universo.
ResponderEliminarEn estos tiempos convulsos, tus palabras ayudan a no soltar el hilo de la esperanza y seguir construyendo un mundo mejor, que sí es posible.
Querida amiga María José: Agradecido por rememorar ese lugar de alcance singular que fue aquel niño en nosotros. Besos de jazmín.
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